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Historia
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EDAD
MODERNA
La
población de Palma del Río comenzó esta nueva época
con la estructura señorial heredada de la Edad Media. Luis Portocarrero,
VII señor de Palma, fallecido en Reggio Calabria (Italia), en 1503,
representaba la gloria de la Casa en las armas y en las letras, ya que
fue un importante mecenas de las artes y un militar de prestigio. Sería
su hijo Luis, VIII señor de la villa, quien recibiría el
título de Conde de Palma en 1507, título que posteriormente
estuvo vinculado al Ducado de Hijar y en la actualidad a la Casa de Alba.
Todo el siglo XVI y parte del XVII significaron para la villa de Palma
una época de prosperidad económica y esplendor que dejó
profunda huella en su arquitectura monumental. La economía de la
población siguió siendo eminentemente agraria y el cultivo
de cereales el más extendido, aunque destaca la existencia de unas
quinientas fanegas de regadío en las cercanías de los ríos
Guadalquivir y Genil, dedicadas a la producción hortofrutícola.
En cuanto al desarrollo urbanístico y arquitectónico podemos
resaltar varios aspectos. Durante los primeros años del siglo XVI
se abandonó el castillo como residencia habitual de los condes,
construyéndose dentro del recinto amurallado el palacio de los
Portocarrero, el cual se abría a lo que era la Plaza Mayor a través
de su bello balcón renacentista. La nueva situación de la
residencia condal nos muestra un traslado del centro neurálgico
de la ciudad hacia fuera de sus murallas, es decir, la consolidación
de los antiguos arrabales como una zona más dinámica y poblada
que la originaria de intramuros. La villa había ido creciendo en
población y extensión. Hacia 1512 vivían en Palma
unas cuatro mil personas y lo que había surgido como un arrabal
extramuros se convirtió en la zona de comercio por excelencia,
extendida también a través de la calle Feria. La Plaza Mayor
era el centro no sólo del comercio sino el centro político,
pues en ella estaba presente el Cabildo o Ayuntamiento de la villa con
todas sus dependencias, pósito, cárcel, etc.
(EGEA ARANDA y GARCÍA NARANJO, 1996)
Por lo que respecta a la antigua comunidad musulmana, debemos subrayar
su profunda crisis. Los moriscos debieron enfrentarse a una nueva situación.
A partir de ahora, (1502), se les planteó
la necesidad de una forzada asimilación cultural. La estructura
del poder puso en marcha una política encaminada a la consecución
de un mismo objetivo: la eliminación de los vestigios culturales
de raíz musulmana. Todas estas vicisitudes tuvieron como consecuencia
un considerable descenso de la población morisca respecto a la
mudéjar. En 1589 se registra en Palma una
comunidad compuesta por 104 personas, de las que 88 eran hombres y mujeres
libres y 16 eran esclavos (ARANDA DONCEL, 1984).
Los condes de Palma se caracterizaron, como gran parte de la nobleza de
su época, por el apoyo de las artes y el mecenazgo cultural. A
mediados del siglo XVI, dos grandes maestros de las letras y espiritualidad
española entran en contacto con la villa a través de su
amistad con los señores de Palma: San Juan de Ávila que
dedicará al conde de Palma su Audi, filia (1556) y Fray Luis de
Granada, que llegó a la villa como prior del Convento de Santo
Domingo y como predicador general en 1546. Colaboró también
con las obras finales del complejo conventual.
Tras lo que podríamos denominar el “esplendor” del
XVI, el siglo siguiente trajo consigo una disminución de la población
e importantes crisis agrícolas.
El cénit y encumbramiento de la familia señorial de los
Portocarrero, se produjo entre finales del siglo XVII y primeros años
del XVIII, alcanzando su nivel más alto con Don Luis Manuel Fernández-Portocarrero
y Guzmán, nacido en Palma del Río el 8 de enero de 1635.
Fue Cardenal-Arzobispo de Toledo y jugó un papel fundamental en
la instauración de la dinastía borbónica en España.
Estas circunstancias significaron para la ciudad el desarrollo de su arquitectura
religiosa como podemos apreciar en las torres de Santo Domingo, Santa
Clara, Ermita del Buen Suceso y Parroquia de Nuestra Señora de
la Asunción.
Los años siguientes no trajeron precisamente prosperidad a la villa,
como lo prueba el fuerte descenso demográfico que se produce; en
1675 Palma contaba con dos mil quinientos vecinos y un siglo después,
en 1774, no llegaban a los mil. A pesar de ello, durante este período
de recesión se construye uno de los monumentos más emblemáticos
de Palma, la Parroquia de Nuestra Señora de la Asunción,
edificio barroco de nueva planta levantada en el solar de otra iglesia
medieval llamada de Santa María.
Por lo que se refiere al apartado fundamental para la economía
palmeña, el sector agrario, hay que constatar el predominio de
las grandes propiedades. Según los datos que aparecen en el Catastro
del Marqués de la Ensenada, fechado en 1752, se aprecia una notable
presencia de grandes propietarios. El IX conde de Palma, Joaquín
Fernández Portocarrero y Mendoza, poseía 9.045 fanegas,
de las 24.914 que tenía el término municipal. Los condes
de Palma eran los mayores propietarios del término y poseían
numerosos cortijos, localizados en tierras de secano y dedicados a la
explotación de cereales (RUIZ VALLE, 1995 a). Para explotarlos
recurrían a su arrendamiento a la burguesía de la localidad.
Algunos de estos cortijos eran Vega de Santa Lucía, Malpica, Somonte,
Gómez Yánez, el cortijo de Los Llanos, Miravalles, etc.
También existían otros importantes propietarios como era
el Hospital de San Sebastián con 1.094 fanegas. (RUIZ
VALLE, 1995 b).
La villa de Palma contaba en 1752 con una población que rondaba
las cinco mil personas (GONZÁLEZ ORTIZ, 1986).
La sociedad palmeña estuvo tremendamente polarizada. Un porcentaje
muy pequeño de personas poseían los medios de producción,
la tierra era el principal de ellos. Del otro lado, suponiendo la mayor
parte de la población, se encontraban los jornaleros, que sólo
podían trabajar si querían subsistir. Las enormes desigualdades
sociales serían una de las causas del desarrollo de motines y revueltas
protagonizados por un numeroso proletariado campesino a lo largo de la
etapa moderna.
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