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LOS CHOZOS.


En la exposición de fotografías que Saxoferreo organizó en 1998 todos pudimos contemplar una Palma del Río que, para las generaciones más jóvenes, era completamente desconocida. Entre esas imágenes del pasado estaban las que traían ante nosotros construcciones y formas de vida y de trabajo hoy casi olvidadas. Eran muchas las personas que recordaban una de esas construcciones, los chozos, que poblaban la antigua alcazaba y fueron típicas del vetusto Llano de las Eras (hoy barrio de La Soledad, al que por entonces llamaban las kabilas, en referencia a la presencia de los chozos). Esas construcciones tuvieron su auge en los años cuarenta, cuando la expansión del regadío atrae a nuestra ciudad a un gran número de personas en busca de trabajo. Representantes de las clases más desfavorecidas, los jornaleros contaban para su subsistencia y las de sus familias tan sólo con la fuerza de sus brazos. Ellos eran quienes habitaban los chozos, poblando extensas zonas del pueblo donde, posteriormente, surgirían barrios enteros de nueva construcción.

Quisimos saber cómo se construían estos chozos y cómo era la vida diaria en ellos. Entrevistamos a Manuel López Maraver que, muy amablemente, se sentó una mañana con nosotros reviviendo los recuerdos de su niñez.

Según recordaba esta persona, para su construcción primero se ponían los horcones, que eran los piesderechos que sujetaban la estructura. Eran largas horquillas en las que, posteriormente, se atravesaba un palo grueso, denominado cumbrero por constituir la “cumbre” del edificio. Sobre ellos se ponían las segueras, unos palos amarrados alrededor que sujetaban el casco, hecho de cañizo o de paja. Algunos, los más curiosos, las recortaban y las ponían todas parejas, con la misma medida; otros, más apresurados, las ponían como Dios les daba a entender, procurando sólo que el chozo no se lloviese. El chozo se recubría con barro y paja. Tan pobres materiales tenían a la lluvia como uno de sus más encarnizados enemigos. Así, para sujetar este adobe a la estructura se empleaban otras horquillas, lo cual permitía, cuando se amarraban, que quedase bien sujeta. Una vez que la construcción estaba subida, le ponían pasto corrido cosiéndose una capa sobre otra.

Respecto a las herramientas que se usaban, éstas eran bien simples: el hacha, el calabozo (instrumento de hoja acerada, ancha y fuerte, para podar y rozar árboles y matas), el josino (hocino: instrumento arqueado de hierro acerado, con mango, que se usa para cortar leña) o las estesaeras (estezaderas).

En el interior se situaba el hogar aunque, normalmente, había otro chozo al lado donde se cocinaba cuando llovía; cuando no, el hogar estaba fuera. Eran frescos en el verano y cálidos en el invierno. Un tabique de caña dividía las estancias: dos habitaciones, una para el matrimonio y otra para los hijos. El suelo había quien lo tenía de tierra y había quien lo cubría de piedras grandes y planas que se podían barrer y fregar. La puerta de la vivienda se solía hacer con cajones de embalaje de tabaco o con las tablas de las barricas de sardinas. De noche se cerraba con una tranca o albaba, un travesaño de madera que aseguraba la puerta desde el interior.

Respecto al ajuar de sus habitantes, bien pobre era. Viejos sacos, rellenos de paja o de hojas de maíz (más suave y mullida que la paja) servían de colchones. Estos se disponían sobre las improvisadas camas que constituían los candelechos, formados por cuatro piesderechos y, sobre ellos, unas varas de madera de taraje. Una mesa rústica y algunos taburetes, fabricados de madera de olivo o acebuche, completaban el mobiliario casero.

Hoy desaparecidos, los chozos han dejado entre nosotros, además de los recuerdos de generaciones pasadas, algunas muestras notables de las expresiones populares:

- De la buena o mala maña del constructor proviene ese famoso refrán de «Viendo el chozo se ve el jabá».

- Tener «buenas aldabas»: contar con influencias o con amistades poderosas.

- Cuando una madre se enfadaba con su hijo, le decía «Ven p’acá que te via estesá».

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