Tienen ustedes
en sus manos el número tres de la revista Saxoferreo. A
lo largo de esos tres números, nuestra asociación
ha intentado traer ante sus lectores informaciones y planteamientos
que, desde nuestro campo de actuación, pudieran interesarles.
En esta tercera editorial quisiéramos esbozar una reflexión
acerca de lo que supone la existencia del asociacionismo en el
seno de una comunidad.
El asociacionismo
surge del deseo de los ciudadanos de hacer oír su voz ante
los problemas que les preocupan; del deseo de participar, con
su opinión, en las decisiones que puedan afectarles y es
amparado por las instituciones como manifestación de una
sociedad democrática. Sin embargo, esto no sirve de nada
cuando se hacen oídos sordos ante la opinión de
las asociaciones, cuando se nos considera como un obstáculo
y a lo que podríamos aportar como un engorro. Si el río
Genil va a someterse a canalización y ello va a afectar
a elementos del Patrimonio, como las azudas; si se va a redactar
un Plan de Ordena-ción Urbanística, los vecinos
y asociaciones que quieran mani-festarlo tienen derecho a que
su parecer sea escu-chado y tenido en cuenta; si la desaparición
de algunas casas adosadas a la muralla supone un drama humano
para sus habitantes, que no quieren verse desplazados del lugar
que habitaron durante generaciones, hay que pensar ante todo en
ellos y no en cumplir a rajatabla los planes trazados sobre el
papel, porque estos no entienden del valor social, simbólico
o sentimental del Patrimonio.
Finalmente,
si las instituciones manifiestan, por activa y por pasiva, que
su afán es servir al ciudadano, que esa no sea una frase
hueca y tenga una realidad palpable en el hecho de que se nos
dé la oportunidad de opinar, aportar, discutir y valorar;
que no se nos cuelgue el sambenito de “ya están aquí
los fastidiosos de siempre”, porque lo que para unos es
un “fastidio” puede ser más bien el deseo,
inherente a toda persona comprometida con su comunidad, de contribuir,
participar y colaborar en aquello que la afecte.