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El palacio de los Portocarrero.


En el siglo XVI tuvieron lugar en la villa de Palma actuaciones arquitectónicas de primera magnitud. Una de ellas fue el palacio de los Portocarrero. Los señores de la villa decidieron situar la nueva residencia señorial junto a las murallas musulmanas y a su sombra, integrando la construcción en el conjunto urbano medieval pero abierta, asimismo, al amplio espacio público de la Plaza Mayor. La residencia noble ha pasado del castillo al palacio renacentista, cuya marcada horizontalidad lo hace aparecer como telón entre la plaza (residencia del poder civil) y el interior del recinto amurallado. Con su balcón preside la plaza mayor y por el arco que se encuentra bajo él se había de acceder forzosamente al recinto: tanto el arco, en cuya clave se sitúa el escudo de armas de los condes, como el balcón son una manifestación del orgullo nobiliario y de casta de los señores de la villa. Si la plaza es el centro civil por excelencia, el poder señorial había de afirmarse mediante su presencia en ella, en el corazón económico y cívico de la población.
Situado, pues, en un lugar privilegiado de la ciudad, abierto a una plaza cuadrada que anuncia con su sola presencia la importancia del inmueble que la rige, el palacio era un símbolo político y social cuyo devenir estuvo estrechamente relacionado con el devenir de la familia que lo mandó construir y con las acciones de sus miembros.
Sus jardines, lugar de recreo por excelencia de todo palacio de la época, estarían atravesados por avenidas de arboleda, una huerta, paseos y alguna fuente. Una escalera monumental daba acceso al piso principal -tal y como se estilaba en los palacios italianos- y al espacio familiar, ordenado en torno a un patio. A partir de que sus habitantes marchan de la villa, tras la muerte de doña Leonor de Guzmán en 1661, va decayendo y, en el período de mayor abandono, quedaba apenas una sombra del pasado esplendor. Pero, aún en ruinas, se podía percibir la honda huella dejada por un edificio que, ante todo, hemos de considerar como el exponente de una sociedad desigual, de una época y de los valores de una clase social, la nobleza.

Sobre su ajuar, mobiliario y decoración, algo sabemos merced a algunos inventarios encontrados en Protocolos Notariales. En ellos, se exterioriza una manera de concebir la vida y el desempeño de un papel social pues, en una sociedad de grandes diferencias sociales, en la que la distinción es el primero de los méritos, el carácter de ostentación de los bienes que se inventarían nos hacen reconocer en sus dueños a la clase de los privilegiados, a la de «aquéllos que viven noblemente». Se decoraba el palacio con cuadros de diversa temática, ricas colgaduras, antepuertas, tapices y paños. Elementos de su mobiliario eran los bufetes o mesas, realizados en las maderas más nobles (nogal, caoba) y los ricos escritorios de ébano y marfil embellecidos con escribanía de China. Las mesas se adornaban con servicios de plata y elaboradas fuentes con las armas de los Portocarrero y eran comunes las arquillas de madera o plata, los espejos y candelabros labrados. Dormían sus habitantes en camas con dosel de ricas telas, vestidas con ropa blanca -nada común en la época- y colchas de cotonía labradas. Sin embargo, ningún inventario puede dar idea cabal de la riqueza de los objetos y la impresión que podía quedar a la vista de las estancias.

Merece, pues, el palacio ser tenido como una verdadera joya del Patrimonio de Palma del Río, no sólo por su monumentalidad o su esplendor constructivo, también porque en sus muros puede leerse buena parte de la Historia de esta ciudad y de los hombres y mujeres que la habitaron. Este edificio es el símbolo de toda una sociedad; no sólo nos habla del acontecer de quienes lo mandaron construir, sino de quiénes lo hicieron posible: todos esos hombres y mujeres anónimos que, o bien trabajaron en su construcción o, mediante las rentas que su trabajo proporcionaba al señor de la villa -como vasallos que eran-, hicieron aquélla posible. El palacio y el recinto que lo contiene fueron también mudos testigos de muchos acontecimientos históricos, algunos de los cuales están todavía vivos en la memoria de nuestros conciudadanos, lo cual les hace formar parte de la memoria colectiva común de Palma del Río.

Rosa Mª García Naranjo

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